Publicaciones — abril de 2006
«Jorge Dandin», nuestra sociedad a través del tiempo
Publicación en la revista ADE Teatro Nº 110, abril-junio de 2006, sección «Notas de dirección»
Molière escribe Jorge Dandín en 1668 respondiendo a una situación que se estaba generalizando en la sociedad de aquella época, y que en muchos casos constituía finalmente un quebradero de cabeza y una fuente inagotable de problemas y disputas entre los cónyuges: los matrimonios de conveniencia. Una familia noble, decadente y arruinada se ve obligada a concertar un casamiento para su hija con un burgués de provecho con el fin de conseguir los tan ansiados dineros, a cambio el linaje de dicho burgués se verá recompensado y sus descendientes entrarán dentro del tan ansiado círculo aristocrático.
¿Qué rescato hoy de aquel texto?
No puedo evitar haber nacido en esta época, pertenezco al más inmediato presente. Los espectadores, por supuesto, comparten conmigo esta condición. Ambos sabemos que la obra pertenece a un pasado lejano, y aun así estamos dispuestos a dejarnos «engañar», a permitir que nuestros sentidos se colmen, que aquellas palabras del pasado encarnen una realidad en el presente. Nuestro presente.
Jorge Dandín es una historia de ambiciones, un juego de poderes esquivos sustentados en los delicados senos de una dama que nada tiene que ver con tales afanes y se rebela y lucha contra una tiranía establecida a su pesar.
Jorge Dandín es la historia de un quiero y no puedo, de un deseo irrefrenable por aparentar lo que no se es, por llegar donde no se puede llegar, por comprar aquello que no se puede comprar.
Jorge Dandín es también una historia de amor… de amor al dinero, al poder, a lo que no se tiene, a la eterna juventud, a la pasión más desatada y al revolcón descarado.
Jorge Dandín es un juego de apariencias, de engaños y desengaños, de verdades a medias, de mentiras y burlas.
Jorge Dandín es una provocación constante, un guiño del pasado que se nos hace patente, un ayer que permanece, y nos recuerda en nuestro presente, que no hemos cambiado demasiado, que hemos aprendido poco y olvidado mucho, que seguimos perdidos en los mismos laberintos, que nuestros hechos traicionan nuestras palabras y que a fin de cuentas nos sigue corrompiendo la avaricia, carcomiendo la ambición, y desgarrando la codicia.
Hoy, más que nunca Jorge Dandín tiene motivos propios para ser representado. La sociedad, la nuestra, aquella que construimos y destruimos se ve reflejada, deformada y caricaturizada en esta preciosa pieza que resiste al tiempo y sus miserias.
¿De qué manera lo llevo a la práctica?
Necesito que el espectador desde el primer momento comprenda que está asistiendo a un espectáculo que fue escrito en un pasado muy lejano y que ese espectáculo que está viendo hoy le cuenta también acerca de nosotros, le involucra.
El primer paso supone un proceso dramatúrgico con el fin de acercar y aclarar el conflicto principal en nuestra sociedad. Para ello realizo una serie de intervenciones en el texto con el fin de facilitar su lectura sobre el escenario. Quizá la más importante ya que se inserta en el corazón de la propuesta sea la creación de un coro en el que los personajes – actores, jugando con esta dualidad preguntan, increpan y aleccionan al personaje Jorge Dandín – espectador. Para ello remodelo los monólogos de Jorge Dandín en los que él se pregunta acerca de la viabilidad de sus acciones y los pongo en boca de este coro, rescatando el sentido último del texto y sometiéndolo a un proceso formal y diferenciador que me lleva irremisiblemente al canto.
Una vez establecida esta convención tan sólo queda reafirmarla. Para ello me rodeo de un elenco joven, de modo que el espectador comprenda de forma sutil que los actores, al interpretar su papel, no son sino instrumentos de un proceso narrativo. Para fortalecer la propuesta decido que el personaje de la Señora de Sotenville sea interpretado por un hombre constituyendo así una nueva dualidad en este juego de apariencias.
Durante el proceso de análisis del texto literario-dramático acaricio (y posteriormente realizo) la idea de suprimir el personaje de Colasín poniendo sus acciones en manos de Lubín. De esta forma refuerzo notablemente el carácter del mismo y su función dentro del marco de la obra al mismo tiempo que agilizo la escena.
La música y todos aquellos sonidos que aparecen en la puesta en escena no pueden ser pregrabados y son creados por los actores, no quiero que el espectador se me escape, me interesa que en todo momento sea consciente de que lo que está viendo es una representación.
El concepto escénico-escenográfico queda también supeditado a esta propuesta y se hace un diseño modular que es cambiado por los propios actores y que permite múltiples combinaciones espaciales con el fin de situar al espectador en un jardín rococó sintetizado de tal forma que todos los módulos son iguales, con un único color, el blanco, presente también en el suelo. No podemos olvidarnos de la estructura vertical en la que se asienta el texto de Molière y que nos lleva a la realización de una sencilla escalera que hará las funciones de balcón, pero que siguiendo con el juego de convenciones, deja de serlo para convertirse en un elemento al servicio de la narrativa escénica.
El vestuario nos sitúa en el siglo XVII pero presenta un degradado que se inicia en blanco en el calzado y adquiere color a medida que asciende integrándose de esta forma en este juego de apariencias donde no todo es lo que parece y lo que es no lo parece, estableciendo de este modo un vínculo entre la sociedad de aquella época y la nuestra. Los personajes así vestidos, parecen surgir de la escenografía. En realidad son parte de ella. Asimismo mediante un delicado juego de colores se realzan las diferentes interrelaciones que unen y desunen a los diferentes personajes.
Este es el punto de partida, a partir de aquí 42 ensayos disfrutando con un elenco de 7 actores, pidiéndoles y exigiéndome a mí mismo un poco más cada día, perfilando, hilvanando, borrando y fijando los constantes hallazgos, limpiando cada gesto, cada movimiento, perdiéndonos para encontrarnos al final del ensayo con un material renovado, fresco, de alguna manera nuestro.
Agradecimientos:
Aníbal Fernández: Jorge Dandín. Pedro Casas: Lubín. Javier Laorden: Sr. de Sotenville. Diego Velázquez: Sra. de Sotenville. Mario Sánchez: Clitandro. Enka Alonso: Angélica. Isabel Alguacil: Claudina.
Diseño de vestuario: Vanesa Bajo. Diseño de escenografía: Juan Manuel Álvarez. Composición musical: Mariano Lozano. Asesora de movimiento: Esther Acevedo. Producción: Julia Martínez. Miman Teatro.